Un cuentillo modificado en sus nimiedades en el 2013.
18.5.10
Aprendizaje
Hace
un par de meses vengo arrastrando una inmensa culpa. No es que sea un hombre de
mucha palabra y poco hecho, no es que me divierta jugar con los sentimientos
que me son ajenos. Las circunstancias se dieron así, porque yo me dejé llevar,
porque ella me seducía y corrompía cada pensamiento, cada reflexión dentro de
mí. La encontraba siempre; en un pasillo, en el buffet, en la entrada y las
escaleras. Me volvía loco. Antes.
-
A Cristina la conocí a mis veinte años.
Éramos conocidos desde la primaria, pero nunca nos percatamos de eso. Así que
para los dos, fuimos completamente unos extraños cuando nos cruzamos en aquella
esquina. Mejor dicho, cuando nos chocamos. Mis papeles volaron imposibles de
recuperar, y su cartera aterrizó en la avenida. Fue un encuentro poco original,
varias veces simulado en algunas películas, de esas, muy predecibles. Lo demás
lo fue también: un enamoramiento, un casamiento, una luna de miel en México. De
esto ya dieciséis años. Siempre fui un hombre muy fiel; amo a mi esposa. Mi
esposa también me es intensamente fiel y ambos queremos infinitamente y con el
alma a nuestros hijos, nuestra casa, nuestra vida en familia.
-
Lucía era de esas alumnas que tomaba apuntes
de todo lo que salía de mi boca. No estoy seguro, pero si hubiese cabido la
posibilidad de que anotara mis movimientos por el salón, caminando de un lado a
otro, probablemente lo hubiera hecho. Intuitiva y hábilmente terminaba mis
frases, levantaba la mano aunque fuera para aclarar o repetir algo ya mencionado,
aunque lo único que tuviera para preguntar fuera la hora, o la fecha de un
examen que nunca había existido. Un día percibí que me miraba con ojos
diferentes, como si quisiera mirarme por dentro. Que su interés iba más allá de
los mitos de la Antigua Grecia; que ya no me tenía sólo respeto y admiración,
sino que estaba buscando algo más.
No
me gusta demasiado recordar cuándo fue que perdí el control, pero se me hace
necesario para darle una forma coherente a mi relato.
Lucía estaba en el pasillo, en ese donde
siempre me la encontraba, -ahora que lo pienso- no por casualidad.
- ¿Tenés dudas
todavía sobre el tema? Tengo un tiempo libre antes de entrar al otro trabajo.
Le
pregunté esa estupidez invadido por un impulso repentino por estar con ella. Vamos, profe, me dijo. La llevé a un bar
cerca, pero no tan cerca; caro, pero no tan caro. Me dije que no estaba
haciendo nada malo, sólo es una alumna
que tiene dificultades para entender y yo un profesor con ganas de que pueda
asentar los conocimientos, brindándole un tiempo extra. Por otro lado, la
realidad era distinta. Es una alumna
interesante, sus piernas son interesantes. Tiene muchas ganas de aprender la
mitología griega, yo las tengo de aprender su cuerpo. No era de lujurioso,
che. Ella también me había buscado... ¿Me había buscado? Por un momento me
sentí desubicado, equivocadísimo. Pensé que podría haberla mal interpretado,
podía ir preso si me sobrepasaba, podía cometer el mayor error de mi vida… Mi
desesperación se calmó al escuchar su voz tímida pero a la vez seductora. No recuerdo
bien qué fue lo que dijo, pero el simple tono me dejó en claro que buscábamos
lo mismo. Había comenzado a acercarme a eso que ella tanto había estado
ansiando de mí.
Le
expliqué un poco de esto y aquello sin más ni menos. En realidad quizá mezclé
un par de temas, me ponía realmente incómodo su mirada directa a mis ojos,
sumergida más allá de mis palabras. No me sentía escuchado, más sí admirado y
deseado. Me cansé de fingir y le hice una pregunta directa.
- Vos ya sabés el
tema.
Bueno, en realidad lo
afirmé.
- Perfectamente.- Me
dijo, sin preocuparse por dejar de verme. De hecho, de una manera que no creía
posible, clavó aún más sus ojos en los míos.
Al instante llamé al
mozo y pagué la cuenta.
Si había ventanas abiertas, no lo
noté. Si el acolchado era rojo y celeste, no lo noté tampoco; ni si cerramos
bien la puerta. En lo único que podía detenerme era en las manos de Lucía
hundiéndose en mí, traspasando mi piel y marcándome para siempre.
-
Yo amaba a Cristina. Cada noche
amaba a mi mujer, a mis hijos. Cada día. Nunca quise dejarlos.
-
Mi relación con Lucía
se volvió descomunal. Se me escapó de las manos. Lucía me amaba, simplemente lo
hacía, como si de su alma brotaran unas fuerzas intensas que le impedían dejar
de verme, de acariciarme. Yo era Paris y ella mi Helena hechizada.
Una
tarde antes de entrar a mi otro trabajo, tal como desde la primera vez que rocé
con mis labios los suyos había ocurrido siempre, nos encontrábamos en la cama
de un hotel cerca del bar. Un hotel caro, pero no tan caro. Ambos inmersos en
un estado de euforia y pasión, en una eternidad definida según nuestra
voluntad. Los dos queríamos estar allí para siempre, con nuestros cuerpos así
de cerca.
- Mañana te venís
conmigo. Nos vamos solos a donde vos quieras y para siempre, Luli.
Nunca me voy a
olvidar de la expresión de esa muchacha, tan hermosa, tan espléndida y en un
éxtasis increíble. Tan feliz.
Renuncié al otro día y sólo conservé
el trabajo en la escuela que quedaba lejos de la universidad donde estudiaba y
era mi alumna Lucía. No la vi a ella nunca, nunca más. Yo amaba a Cristina.
Cada noche amaba a mi mujer, a mis hijos. Cada día. Nunca quise dejarlos. Nunca
lo hubiera hecho.
sm