Un reloj que marca tus penas de amor cantando tic tac, una cama que espera pasión sin una sola arruga en su perfecto colchón. Ni una sola nube en la noche más estrellada de tu vida. Pero, ¿de qué te sirve si hace horas esperás escuchar tres golpes en tu puerta? Esos tres golpes más gloriosos, los más ansiados por tu alma, por tu cuerpo. Podrías reconocer el ritmo de sus pasos al otro lado de tu puerta, hasta saber cuál va a ser el preciso instante en que tiembles por su llegada. Pero hoy no. Hoy no es como siempre ni tenés esperanzas de que lo sea. Segundos más de la hora y media te recogés el pelo, te aflojás el vestido y una lágrima recorre tu mejilla. Secala, no querés sentirte humillada ni muchísimo menos. Inútil de él, inútil su vida y la tuya, juntas. En vano el maquillaje y los tacos, y en vano también el hecho de extrañarlo tanto.
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Ya mañana, pasadas las 16 horas de aquella desilusión, que dormiste pintarrajeada, dormiste a medio vestir, con manchas de chocolate esparcidas en las sábanas. Ya no existe más el bajón en tu vida, no existe más el altibajo, ahora todo es depresión. De chiquita escuchaste la frase "tomalo con soda que te va a hacer mal" pero no, no hiciste caso. Y ahora, ¿qué pasa? Ahora estás a punto de quizás cometer el peor error de tu vida. Pasaste de largo por la cocina, pero hiciste un profundo énfasis en el fondo de ella, en el lavadero... ¿Qué había? La soga para colgar tu ropa, la ropa que te pusiste cada noche para él, la ropa que ayer no te desgarró con la pasión que antes lo caracterizaba. Esa ropa que en ese momento preferías quemar, antes que volver a verla. Y esa soga. En el baño el espejo te aumenta tus peores rasgos, observas, como nunca antes lo habías hecho, esas pequeñas e insignificantes arrugas que te hacen, según vos, una vieja. Una vieja sola, sola sin su hombre. El hombre que ni llamadito te pegó hoy, ya siendo 28 horas luego de la desilusión. ¿Te responde el teléfono? ¿El celular? ¿El mail? Nada.
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Pasadas 38 horas de tu peor noche, llevás puesta una camisa a rayas, su favorita. Tiene su olor aún en las mangas, un poco en el cuello quizás. No soportás más ni tu cara, ni tu casa, ni tu pelo, ni tu ropa, ni tu cuerpo. Nada. Absolutamente nada. La pila de platos sin lavar están desde que decidiste postrarte en el sillón, a ver el techo. Hay que pintar, perfecto; algo más de qué preocuparse. El lavarropas a punto de estallar de ropa sucia. La ropa que está sucia de pena y dolor. La que no usaste hace tiempo pero que igual te causa escalofríos. Ropa que aunque sea el más mínimo botón, te hace acordar a él. Él; el que no te llama, no te quiere, no te desea, no te extraña. Colgas una prenda, y una más. Se soltó la soga que usabas. La miraste. La sentiste. Te paraste en el canasto de esa bendita ropa. Jugaste a la marinera con esa bendita soga haciéndole un nudo de aquellos. El nudo bendito en tu garganta. Usas la soga para terminar con el dolor. Al fin sentís que vas a estar mucho mejor arriba que abajo. No te llamó más y no te importa, porque, ingenua, pensás que él va a ir con vos allá arriba. Que al verte huyendo de vos misma, te va a seguir. Idiota, simplemente no te quiere. Das un paso hacia adelante y ya la canasta no te sostiene los pies. No podés gritar, no podés hablar, no podés respirar. Y de un momento a otro ya no podés sentir.
- Sofía.