10.6.11

El ratón Pérez



          Las cosas habían cambiado desde la última vez que lo vi. Estaba más alto, tenía sombra por encima del labio superior y la voz un poco más grave. Nada me había sorprendido  ni hecho tanto ruido en el corazón como su imagen parada frente a mí, alcanzándome ya casi a los hombros. Nos miramos un par de segundos que parecieron para mí eternos, hasta que torpemente pudimos amagar y concretar un abrazo con tintes de timidez.

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Aquella noche no estaba pensando claramente. Sólo quería irme de ese lugar con una sonrisa en los labios y bien liviano. Esa sensación no se comparaba con nada. Eso era lo que pensaba por aquellos días, ideas que quedaron ya en el pasado, por suerte. Ahora me preocupan cosas como la educación de mi hijo, mi trabajo, mis esporádicamente presentes mujeres. Claro que en esos tiempos no podía abrir mi cabeza para tanto y, por supuesto, tampoco lo necesitaba.
Roxana era una chica increíble, tal como lo es ahora siendo ya una mujer. Me arrepiento de no haberlo notado esa noche; las cosas hubieran sido mucho más diferentes si le demostraba el respeto que siempre se mereció. Las únicas palabras que me limité a decirle, no las recuerdo. Sé que fueron pocas y muy vacías. Sólo quería llegar a su cama de la forma más rápida posible.
Logré lo que quería, pero además conseguí algo que no planeaba.
Me olvidé prontamente de Roxana, tal como lo había hecho con las demás después de irme de sus casas mediante el uso de alguna excusa barata.  Si hubiese sabido que tres meses después mi teléfono sonaría esa tarde mientras dormía la siesta… Las palabras de esa llamada resuenan en mi cabeza ya pasados 10 años y medio: “Estoy embarazada, es tuyo”. A partir de ese momento mi vida tomó un giro totalmente inesperado e indeseado. Soñaba con muchas cosas en aquella época, quería otras tantas. Pero nunca hubiera pensado en ser papá hasta casarme con mis largos treinta y pico encima.
Intenté, en medio de una nebulosa que apresaba mi mente, acercarme a Roxana; quise saber qué quería hacer ella con su cuerpo y nuestro bebé, si quería tenerlo, educarlo, darlo en adopción… Después de una larga charla en la cual cuestionó mis conocimientos sobre la sexualidad y el uso de preservativos -la cual me dejó realmente muy mal parado y me hizo pensar en muchas cosas, sobre todo me acordé de la familia del director de mi colegio, mis padres… a mí mismo por no indagar y estar bien informado con respecto al sexo-, decidimos que tendríamos al bebé. En realidad, que ella lo tendría y que después lo educaríamos juntos.
Aquella noche me dormí pensando que no había sido el único irresponsable en la mínima relación que tuvimos, que ella, tanto como yo, no estuvo atenta a ciertas cuestiones y que, al fin y al cabo, lo que hice no lo podría haber hecho -ni bien, ni mal- sin ella. Queda claro que no le refuté sus críticas realizadas hacia mí, ya era tarde y generaría una discusión totalmente innecesaria. Pero por lo menos esa noche aquella reflexión me sirvió de auto-consuelo y pude soñar un poco más relajado.

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Hay personas que no pueden verse a la cara porque directamente hay algo en la expresión de ambos que al otro lo saca de quicio. No se ponen de acuerdo nunca, no pueden diferenciar una conversación objetiva de una subjetiva, ni pueden irse juntos a la cama sin tener ganas de estar en cualquier otro lugar. Otras personas, en cambio, se conocen y como víctimas de una flecha mágica sienten que están hechos el uno para el otro. Nada los puede separar y se preguntan seriamente si estarán viviendo eso a lo que llaman destino. (Como si el destino tuviera que ser necesariamente feliz.).  Roxana y yo éramos del primer tipo.
Habíamos  intentado de todo: terapia, libros de autoayuda, los trescientos “Dr. Amor“ que figuraban en la guía telefónica… Estuvimos esquivando piedras pesadas durante casi todo su embarazo, hasta que, sin darnos cuenta, fuimos aplastados por una piedra movediza de Tandil, la cual nos condujo a la separación, dejando atrás cualquier posibilidad de convivencia.
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El día que nació Martín me sentí la persona más feliz del mundo. Ni a su madre ni a mí nos importó la existencia del odio que nos unía, olvidamos todo, hasta dónde estábamos y quiénes éramos; nuestra razón sólo descansaba en él.
No hay duda de que esta situación no duró mucho. Al cabo de tres años -aunque este tiempo parezca mucho, está demás decir que en lo que respecta a un padre y la vida de su hijo, es nada, absolutamente nada- tuve una pelea muy fuerte con Roxana. Llanto de por medio (de ella y del bebé que sentía los problemas que lo rodeaban), decidió irse a Córdoba, a la casa de su madre. 

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Sus bracitos me rodearon confundido. Pude sentir que le costaba muchísimo aceptar quién era su papá, después de tanto tiempo sin saber nada de él. Sin embargo, seguíamos siendo los compañeros que habíamos atinado a ser; charlamos de lo bien que jugaba al fútbol, de las chicas que le habían pedido ser su novia, de cuántas figuritas le faltaban para llenar su álbum de la selección. También me mostró algunas ventanitas que tenía, en lugar de dientes.


           Si bien todo lo que escuché de mi hijo, directamente de su boca, me llenó de alegría, no pude evitar despedirme de él y volver a casa con un par de lágrimas rodando por mis mejillas. Yo había sido un adolescente no interesado por la vida en familia, sin pensar en mi futuro, yendo de acá para allá y acostándome con cualquier mina que se me cruzaba, y, si bien hoy en día no me enorgullezco esas actitudes, en ese momento pensaba que le atribuían un sentido a mi vida. Pero cuando tuve a Martín en brazos, deseé patear al arco mientras era él el que estaba por recibir la pelota. Me imaginé dejándome hacer un gol  que venía a dos kilómetros por hora, conociendo a las nenas que quisieran darle la mano y que, cuando estuviera distraído, amagarían a darle un beso inocente en los labios. Me hubiera gustado ser yo el que comprara los sobrecitos de figuritas en el kiosco, todos  los días antes de volver a casa. Desearía poner aunque sea dos pesos debajo de la almohada, y quedarme con un diente de leche de Martín. Y guardarlo durante mucho tiempo.