El señor Kurumasha raramente visita a su padre. Piensa que sería una pérdida de tiempo intentar hablar con alquien que sólo se itneresa por él mismo. No es que el Sr. Kurumasha necesite mucha atención, pero su madre siempre le había explicado que hay que prestar atención a todo ser que nos rodee, por más aburrido que parezca. Por lo tanto, le resuta de muy mala educación que su padre no le preste importante ni siquiera a él, que es su hijo.
No obstante, hoy es Domingo y el padre del Sr. Kurumasha cierra la florería más temprano; dice que la gente en la calle un Domingo por la tarde es sumamente desagradable. Y el Sr. Kurumasha (hijo) decide darle su tiempo al padre, después de tres semanas de evadirlo sin excusas.
Cuando el Sr. Kurumasha da vuelta la esquina, después de caminar tres cuadras y cruzar la avenida, ve a media cuadra la inconfundible figura de su padre, agachada en el piso sucio de la calle. Cuando se le acerca, no dice nada, sólo escucha las palabras angustiadas de su padré: "pisé una hormiga, es un horror, pisé una hormiga". El Sr. Kurumasha ayudó a su padre a levantarse y le dio un abrazo tan largo que hasta ahora puedo verlos unidos desde mi lugar. El día que duela la muerte de una hormiga, abrazaremos al mundo.
2011