9.11.12

Ciento cuarenta y uno



La pelirroja de los brazos cortados. Se me paró al lado, a mi derecha, en el colectivo. Un día de lluvia que parecía extrañamente acomodado en el año del fin, para que todo concordara. Y tenía los brazos cortados. Eran aproximadamente unas cien cicatrices, entre los dos brazos. O más. También tenía algunos tajos viejos en el pecho, pero pocos. Algunos eran profundos y gruesos, separando cada lado sano de la piel como a la fuerza. Otros eran más leves, otros ni se veían a simple ojear. Pero allí estaban, todos ellos. Yo pensaba que ahora hacía mucho tiempo ya había pasado desde que habían sido sangre. “¿Quién le habrá hecho eso?”, pensaba. Pudo haber sido ella misma, podrían haber estado hechos desde arriba, todo cerraba. Pero también pudieron haberla lastimado contra su voluntad. Se me ocurrió suponer que probablemente lo hizo con aires de decoración… ya sabés, las modas de hoy en día (escuché de algunos que se agregan puntas en las orejas mediante cirugías clandestinas). Sea como fuere, ella estaba tranquila, las llevaba sin notar que se notaban. Yo comparaba su actitud con la de quien sabe que tiene algo raro y podés verlo intranquilo o esperando que alguien lo vea. Pero ella no, ella estaba sumergida en su mundo y sonriendo. Me detuve en su sonrisa también, porque fue la que me llevó a pensar una de mis hipótesis: lo que haya sido causante de esas cicatrices ya había quedado atrás. La sonrisa y la piel ya del color de una cicatriz vieja: estaba todo bien. 

-Sofía.