La pelirroja de los brazos cortados. Se me paró al lado, a
mi derecha, en el colectivo. Un día de lluvia que parecía extrañamente
acomodado en el año del fin, para que todo concordara. Y tenía los brazos
cortados. Eran aproximadamente unas cien cicatrices, entre los dos brazos. O
más. También tenía algunos tajos viejos en el pecho, pero pocos. Algunos eran
profundos y gruesos, separando cada lado sano de la piel como a la fuerza.
Otros eran más leves, otros ni se veían a simple ojear. Pero allí estaban, todos
ellos. Yo pensaba que ahora hacía mucho tiempo ya había pasado desde que habían
sido sangre. “¿Quién le habrá hecho eso?”, pensaba. Pudo haber sido ella misma,
podrían haber estado hechos desde arriba, todo cerraba. Pero también pudieron
haberla lastimado contra su voluntad. Se me ocurrió suponer que probablemente
lo hizo con aires de decoración… ya sabés, las modas de hoy en día (escuché de
algunos que se agregan puntas en las orejas mediante cirugías clandestinas). Sea
como fuere, ella estaba tranquila, las llevaba sin notar que se notaban. Yo
comparaba su actitud con la de quien sabe que tiene algo raro y podés verlo
intranquilo o esperando que alguien lo vea. Pero ella no, ella estaba sumergida
en su mundo y sonriendo. Me detuve en su sonrisa también, porque fue la que me
llevó a pensar una de mis hipótesis: lo que haya sido causante de esas
cicatrices ya había quedado atrás. La sonrisa y la piel ya del color de una
cicatriz vieja: estaba todo bien.
-Sofía.
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