1.8.12

Proyectando


Hola, que tal? Me llamo Ariana y tengo 29- digo, 30 años. Soy psicóloga y en este momento mi consultorio es una de las habitaciones de mi departamento; que quedó vacía cuando mi marido me pidió el divorcio y dejó de estar ocupada por sus máquinas de gimnasio. Menos mal, porque eran horribles y hacían un ruido increíble. Me casé con él (se llama Sergio) a los 21 años, no sé en qué pensaba. Probablemente me divertía su manera de ser… Me divirtió hasta que yo seguí madurando y él no. Pero bueno.  Mi hermana Julia vive todavía con mi mamá Dora en Rosario (Santa Fe), yo me vine para acá a Buenos Aires cuando empecé el CBC y vivía con Sergio. Ahora que lo pienso, fueron los mejores años que pasamos juntos, hasta que se nos ocurrió alquilar algo nuevo entre los dos, y ahí él empezó a comportarse como un nene, sintiendo que compartía y no quería… Típico de hijo único malcriado. Mi hermana por ahora vive allá en Rosario, se decidió por seguir trabajando de moza en un bar que queda a la vuelta de mi vieja casa. En particular, estoy segura de que le pasa eso porque tiene miedo a asentarse, a elegir. Siempre mi mamá decidió por ella… y ¿cómo esperaba que no saliera así la pobre Julia? Yo cuando la voy a visitar intento hacer que se establezca y estudie lo que ama, pero ella me puede, me habla de otras cosas, me pone carita y me compra, como siempre hizo. Mamá está enojada conmigo desde que empecé a vivir acá. Al principio iba mucho, pero después me acostumbré a la gran ciudad y, por más que a ella no le caiga bien la idea y nunca la vaya a aceptar, mi vida ahora está acá, es mi presente. Por lo tanto, hablamos siempre, pero yo sé que en el fondo está esperando a que vuelva. Yo pienso “mamá, cuando me jubile, seguramente” pero no se lo digo porque sé que ella no va a estar por naturaleza, y dejo que no se haga la idea y que siga con esperanzas. Yo extraño, no obstante. A mi psicoterapeuta le cuento de cuando era chica y me agarra nostalgia. Pero es así como funciona: allá me exhausta y acá lo extraño. Soy mi propia jefa; mis pacientes me recomiendan a conocidos y así pude ir teniendo mi grupo, aunque va variando según los años y, claro, el proceso de cada uno. Me gusta mucho ser psicóloga, aunque debo decir que sin mi propio analista no podría serlo. Yo creo que es así, es un círculo; todos nos analizamos entre todos y podemos seguir analizando a los demás que no analizan a nadie pero, ¡mamita querida! Sí que tienen sus embrollos. Lo que más me genera placer es pintar. Pinto en horas libres y a veces, cuando me tomo vacaciones, es lo único que hago de día. De noche intento siempre salir a hacer algo… Sergio me dejó la costumbre de no poder quedarme tranquila en casa. Y no tengo ganas de analizarme ese aspecto, pero cada noche conozco un hombre diferente. Si es rubio; a donde quiera, si es morocho, paso. Y cuando digo a donde quiera, me refiero a eso: donde él me lleve yo voy a ir. Y no tengo ganas de analizarme ese aspecto… ¿Ya lo dije? Si es así, mis disculpas. Sé que detrás de todo esto está mi padre. Probablemente necesite… No, no me voy a analizar. Pero sé que está él. Con respecto a eso, no puedo decir mucho… Desde chica vivo con mi mamá y después, cuando nació Julia, con ella. Mi papá dejó a mi mamá el día que me tuvo y nunca más se dirigieron palabra. Por supuesto que mi mamá sí: hablando sola, muchos meses, como si él estuviera. Pero ninguna de las tres sabe de su vida… o muerte. Es claro que Julia es del segundo marido de mi mamá; pero con él, aunque tampoco están juntos, tenemos, todas, una buena relación. Se separaron por cuestiones razonables… Si no hay amor, no hay y punto (eso diría ella, yo diría que si no hay amor, no hay, pero hay mucho más que descubrir allí detrás). Sergio fue mi única relación estable que condujo a un matrimonio estable. Pero cuando empezamos a tener el hábito de salir siempre, descubrí un mundo totalmente nuevo. Con o sin Sergio, miraba a cada hombre que pasaba. Por supuesto que mi disimulación variaba según el caso. Cada rubio, musculoso y seguro de sí mismo, tenía el poder de llevarme a la cama. ¿Si lo hice estando casada? Sí. No. Sí. Sí, tres veces. Pero de haber sido por mí, hubieran sido todas y cada una de las veces que me guiñaban un ojo o me rozaban intencionalmente. Mi autocontrol llegó a tres veces. Sergio nunca se enteró. Yo sé, igual, que él me hacía lo mismo; pero no me sentía con la cara para decirle nada. Y así éramos felices con unos pocos engaños particularmente obvios pero escondidos deliberadamente; nos separamos por otras razones. Atribuyo a mi padre, pero también a él, mi intromisión en ese mundo nochero que ahora me resulta un terrible vicio. Pero no tengo ganas de analizarme en ese aspecto. 

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