¿El amor? Qué pregunta… Sin
embargo, no es difícil contestarla hoy en día, que cada letra articulada en sus
labios, o dibujada en sus manos, me retuerce el cuerpo entero.
El amor vendría a medir un metro y ochenta centímetros, un poco más, un poco
menos. Tendría bucles cortos y oscuros, mejillas a penas coloradas y dos ojos
que casi no dejan distinguir la pupila –profundísima- del iris. Esa mirada
estaría delicada y perfectamente acunada por unos cepillos suaves y frágiles -de
esos que hay que mirar dos veces para notarlos y sólo una para quedar hipnotizado-
que sin duda serían el tesoro más impreso en mí de ese gran amor. Una nariz que
habla en cantidades; como un tobogán patas arriba, y la boca de una
confidencia, de un mimo… De la risa. Una boca formada por un labio superior que
canta, y uno inferior que besa, que sujeta. Y así continuaría, por el camino que
conduce la gravedad, una tierra que guarda protección y calma; y, cuando no, sismos
que acaban en una incomparable tranquilidad.
Pero no podría describir al amor sin hablar de sus manos. Diez yemas que sólo
hablan de él y de mí, y dos palmas en donde caben mis deseos. Y si eso no fuera
el amor, no sé qué más lo podría ser.
-Sofía.