12.4.12

Re vivo.

Revivo lo que revivo, cuando lo revivo.
Viví sin vivir y revivo viviendo.
Vivo reviviendo, a veces, sin vivir.
Revivo de vez en cuando para vivirte.
Vivo viviendo lo que reviví.
Te revivo, una vez ya vivido.
Revivo cuando reviven los que viven.
Vivo.
Revivo.
Vivo otra vez.
Vivo mucho, re vivo.

8.4.12

Carta para la Señora




Señora, yo imagino que su esposo viaja lejos, para siempre. Imagino, a veces, que de una buena vez deja de mirarme, que a penas voltea para verme, desaparezco. O, mejor aún, que ya no sabe quien soy y, por lo tanto, mirarme sería como pasar los ojos por sobre una olla o un mueble, sólo para llegar al punto que en realidad busca. Quisiera que cualquier objeto le resultara más bello que mi propio cuerpo; aceptaría ser ignorada, incluso si fuera para admirar, en cambio, a una rana vieja y machucada. Pero nada de esto es real. Lo que de verdad ocurre es que él simplemente no me quiere ni me puede dejar en paz. Cada momento en que dirijo mi vista hacia él, sus ojos están firme y perseverantemente clavados en los míos. Y ni quiero pensar en dónde estarían clavados justo antes de que yo voltee.
Todo comenzó el primer día que entré a trabajar para usted, Señora. Me acomodé en mi cuarto, dejé mis cosas lo más ordenadamente posible y bajé a preparar el desayuno. Esa mañana hacía un frío insoportable, ¿se acuerda? Prendí las estufas de la sala y en la cocina improvisé unas tostadas con queso derretido o huevo, -no recuerdo ya a esta altura- y un par de tazas de café. Lo que sí puedo asegurar, es que el Señor pasó por la puerta vistiendo una bata color crema, no muy nueva, hasta diría yo que tenía un par de agujeros francamente visibles en la parte posterior, sobre la espalda. Pero, como mi trabajo lo precisa, actué con disimulo y tomé la precaución de parecer distraída. Demás está decir que no crucé ni un cuarto de mirada con el Señor. Pero sé que llevaba esa bata. Al rato, como a los veinte minutos, bajó usted con un deshabillé en un tono plateado, opaco, muy fino, según mi poco conocimiento en prendas de vestir, ¿sabe de cuál hablo? No fue grosera al no saludarme, ya que usted misma me había abierto la puerta esa mañana hacía una hora, antes de decidir que seguiría durmiendo un rato más. Así que después de lavarse las manos, tomó asiento y buscó la sección “Política” del diario La Nación. Sé que usted, Señora, disfruta estar siempre enterada sobre las grandes decisiones, y luego debatir con su grupo de los Miércoles.
Al rato nomás apareció el Señor, vistiendo una bata azul francia, de seda o vaya a saber uno qué era esa tela tan brillante y sutil. “Buen día”, me dijo, aterrizando fuertemente sus ojos pardos sobre los míos. Me encontré tan intimidada que no pude contestar. Quizá usted recuerde que únicamente esbocé una sonrisa y bajé la vista hacia el piso, donde me encontré con mis alpargatas rosas ya gastadas. Me avergoncé y, después de excusarme, subí a cambiármelas por unas nuevas.
Así continuaron todas las mañanas, tardes, noches, y cada rato que por casualidad o condicionalmente me encontraba con el Señor: sus ojos sobre los míos; los míos sobre el piso.
Es el día de hoy que al fin entiendo y asumo que esos ojos no acostumbran mirar así a cualquiera. Es el día de hoy que comprendo que el Señor busca en mí algo que yo no puedo, debo, ni quiero darle. Y es por eso que decido escribirle, si usted me lo permite, Señora. No es mi deseo causar problemas en su matrimonio, es que me es prácticamente imposible no decírselo: el Señor hoy ha pasado detrás de mí y ha levantado mi falda. Es preciso le aclare que mi reacción fue decente y me retiré de la sala al solo momento de notarlo. No es mi deseo causar problemas, Señora, es que ya no puedo trabajar para usted.