“¡Goooooooooooooool de boca!”, gritaba el relator del partido en el televisor, pero Juan no podía prestar atención. Era la final y ni felicidad mostró con el gol de Palermo. Estaba sorprendido, atónito, casi boquiabierto con la noticia de su hermana. No le entraba en la cabeza que después de tantas cosas vividas, tantas peleas y reconciliaciones, tantas cosquillas, haya tomado esa decisión. Desde que él tenía memoria, su hermana lo había acompañado en cada paso, cada mamadera, cada grito y lágrima; pero ahora no entendía qué pasaba. Intentaba buscar algo que le haya molestado, pero no encontraba nada. Pensó que quizás le había hecho muchas bromas con sus amiguitos cuando los llevaba a jugar a la Play, pero no. Juan sentía que, a sus nueve años, su hermana de 15 lo abandonaba por un par de metros más, por un poquito de espacio para el tocador o la computadora y los posters de sus “novios”, a los cuales Juan les tenía cierta bronca porque cada vez que aparecían en la tele, su hermana gritaba como loca.
En cambio, ella estaba entusiasmadísima, yendo de acá para allá con cartas de sus amigas, con lapiceras y agendas llenas de papeles sueltos color de rosa. Parecía ser el mejor día de su vida. Ése, no el día que había nacido Juan, no el día en que los dos juntos habían hecho un muñeco gigante para la puerta de entrada. Juan miraba desconcertado a su hermana, ya se le habían acabado las ideas del porqué de la situación. A punto de la lágrima, su mamá se acercó y le dijo al oído, “Juanchi, no te pongas mal, siempre que la extrañes podes subir y tocarle la puerta de su nueva habitación para jugar un rato”.
-Sofía.
15.7.11
Siendo las 22:43 de la noche de un viernes 15 de Julio, me encuentro sentada de forma "indiecito" frente a la notbook, envuelta en una frazada sin hablar ni una palabra hace aproximadamente dos horas. Mi silencio se debe a los puntillos color blanco que residen en mi garganta, los cuales conforman en su conjunto un síntoma de la enfermedad denominada anginas. Recalcálquese que es el último viernes de clases. Igualmente la jornada se caracterizó por tener en la calle una iluminación propia de las siete de la tarde, siendo las tres y media. El cielo estaba amarillo y yo CHISPOTEÉ en quedarme! Mal.
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