8.2.11

Chocolatada

    Había una vez una taza de té muy, muy antigua. Alguna abuela la había usado por muchos largos años, todos los días. Una noche tomó un mate cocido y guardó la taza en una vieja alacena, como siempre. Pero esta vez, no volvió a abrirla por un tiempo muy largo. Y allí estaba la pobre taza, soñando con algún día ver la luz nuevamente. En sus tiempos de ocio (es decir, todo el tiempo), no podía dejar de inventar mil y un razones para justificar lo que su amiga de casi toda la vida le había hecho. Había disfrutado el sabor de unos labios jóvenes y suaves y, más tarde, soportado los mismos ya deteriorados; rugosos, secos y con experiencia. Pero, si bien aquella boca dejaba qué desear, a ella no le importaba. Era feliz sabiendo que servía para algo; eso le hacía sentir varias cosas intensas. Y mucho le gustaba porque se imaginaba mujer.
    En sus viejas épocas, su amiga había desfilado frente a ella más de cien atuendos diferentes. Un pijama a rayas o un camisón de seda durante el primer café de la mañana, un traje de oficina al volver del trabajo, un vestido muy elegante antes de salir con váyase a saber qué muchacho. Quizás hasta pudo ver algún que otro conjunto de ropa interior luego de estar horas en la habitación con mencionado Fulanito. Todo para desembocar en una bata larga hasta los tobillos, y pijamas cubriendo la piel arrugada. Estos son sólo algunos ejemplos de la interminable cantidad de ropa que le había visto lucir. Todas estas prendas le habían generado un deseo gigante de ser humana. Sin mencionar las conversaciones que había escuchado, las lágrimas que habían ido a parar dentro de ella por error luego de algún triste episodio, o el labial que había quedado impregnado en ella, pintándola de rojo.
    Pero ya los recuerdos eran sólo espejismos a través de los cuales se alimentaba el abandonado corazón de la taza de té. Y eso le molestaba, porque cada vez le costaba más recordar cómo eran ellos; los humanos. Sabía que algo relacionado con abrazos, besos y discusiones era importante, como asi tambíén un papel en la billetera lo era. Pero no podría recordarlo para siempre ni por mucho tiempo más; la memoria de una taza no se borra fácilmente, pero no es tan buena como la del plato o el tenedor. Lloraba veintitrés de las veinticuatro horas del día. Nadie la socorría, se quebró un poco su mango de porcelana.
    El sentimiento de tristeza se fue apagando para dejar que un enojo incomparable tomara su lugar. Sí; deseaba con todo el alma ser humana para descubrir cosas como, por ejemplo, si los abrazos verdaderamente importaban más que ese papel. Pero luego de ese deseo, y peleando por el primer puesto, se encontraban unas ganas terribles de vengarse. Hubiese dado todo por convertir a la vieja en taza, y dejarla encerrada también. Así pudo dormir finalmente y soñar con su dulce venganza.
   
    La siguiente vez que despertaron sus cuatro sentidos, logró escuchar dos voces que venían del living:
- ¿Con qué dijo la nena que quería quedarse?
- Con la taza de té que siempre usaba.
- Cierto. La voy a buscar. Mientras, ¿bajarías la caja que dice "documentos"?
- Si, Clari. ¿Estás bien?
- No. Tiempo al tiempo, fue todo muy rápido.
    La taza de té dejó de lado sus vergonzosos pensamientos, llenándose de dolor y angustia. Nunca se había sentido tan parecida a los humanos.
    A partir de ese día, contuvo felizmente algo que jamás había probado: chocolatada.

-Sofía.